Para vivir el presente con los residuos, las ruinas, los fragmentos que nos deja la modernidad, hemos construido narraciones míticas de un pasado preindustrial e idealizado. Sin embargo, ese pasado soñado y pastoril es también producto de otra crisis, de otro duelo. La historia de Caín y Abel no es solo un relato bíblico, es también un relato sobre el origen y sobre la división del tiempo y del trabajo:

Los hijos de Adán y Eva encarnan las dos almas en que fue dividida, desde sus inicios, la estirpe humana: Caín es el alma sedentaria, Abel el alma nómada. […] a Caín le correspondió la propiedad de toda la tierra, y a Abel la de todos los seres vivos. […] Así pues, tras una disputa, Caín acusó a Abel de haberse extralimitado y, como todo el mundo sabe, lo mató, condenándose a sí mismo a la condición de eterno vagabundo a causa de su acto fratricida (Careri 2013: 30 -32).

El error fratricida se castiga con el errar sin patria, una perdición eterna por el país del Nod, el desierto infinito por el cual había vagabundeado Abel antes que Caín. Cabe subrayar que, inmediatamente después de la muerte de Abel, la estirpe de Caín será la primera en construir las primeras ciudades. Caín, agricultor condenado al errabundeo, dará inicio a la vida sedentaria y, por lo tanto, a un nuevo pecado, puesto que lleva dentro de sí tanto los orígenes sedentarios del agricultor como los orígenes nómadas de Abel, vividos respectivamente como castigo y como error (Ibid.: 34).