Testimonio

El testimonio, como el archivo, parecería ser el contrario del olvido. Sin embargo, no lo es. Pasa que le hemos otorgado al testimonio un carácter confesional, una especie de sello de la memoria. Tal es así que hoy en día el testimonio se constituye como prueba irrebatible para el esclarecimiento de crímenes atroces. Se convierte, así, en parte fundamental de los procesos de recuerdo. No obstante, el testimonio no es una idea abstracta sino que se encarna en el relato de quien lo construye; así, si el testimonio da fe de algo, si es una prueba de un acontecimiento del cual puede dar cuenta un testigo, lo es a condición de ser parte de una narración. Aún cuando sabemos la potencia que encierra la narración para transmitir un conocimiento o legar una experiencia, el testimonio normalmente se ubica del lado de lo traumático. Es en el espacio del trauma donde se construye el relato testimonial, de una experiencia que por dolorosa y significativa compromete la singularidad de quien la relata. Así, el testimonio nunca se separa de un cuerpo, de una voz, de una singularidad tejida en las palabras. Su tiempo es el de una temporalidad pausada, suspendida y activada desde el silencio del trauma para reconstruir y volver a construir una subjetividad. Y es justamente en esas pausas y silencios, donde el testimonio aún no es posible ni se ha configurado y el testigo vive el trauma, donde se construye la potencia del relato testimonial. Así, no toda experiencia vivida llegará a ser narrada, ni todo lo visto encontrará sus palabras.